Poco a poco ella comenzó a cambiar.
Ya no era la niña alegre, cariñosa, con un punto de locura.
Permanecía horas, días, sin hablar. Hecha un ovillo en el
sillón. Y de pronto, nos dimos cuenta que eran dos los sillones ocupados... Y
la enfermedad empezó a llenarlo todo.
Hacía tiempo que sentía que algo no iba bien, presentía lo
que estaba pasando. Pero fui cobarde y justifique comportamientos
injustificados... Era más fácil permanecer en mi engaño.
Nunca olvidare la
cara de mi hija, cuando casi sin poder hablar, me contó por lo que estaba
pasando...Y llegaron los médicos, las rutinas, las dietas. Y por nuestra parte
los miedos, las culpas, los sentimientos
de fracaso.
Había que poner solución al problema...y llenamos sus
cabezas de palabras, proyectos,
soluciones, nos convertimos de nuevo es sus salvadores. Todo ello acompañado de miradas, miedos,
angustias...que pretendíamos disfrazar pero que llegaban a ellas y no hacían más
que aumentar la tensión. De nuevo un papel protector, donde todo se soluciona,
donde no tenía cabida el sufrimiento.
Cuantos errores que afianzaban más y más la enfermedad.
Y empezamos las reuniones de padres. Cada jueves llegábamos
a casa con un cargamento de experiencias, aprendizajes, y sobre todo
esperanzas...y también, porque no, con algún pinchazo en el corazón que luego
nos hacía ver la luz.
Y nos dimos cuenta que hay que vivir el ahora, sin
inquietudes ni prisas. Dando tiempo al tiempo, sin metas ni tiempos marcados.
Mi papel de madre entregada no servía...
Aprendí a vivir mi
vida y dejar que ellas vivieran la suya. No podía buscar mi felicidad en su
felicidad. Ellas son las que tienen que
decidir, las que tienen que equivocarse y triunfar, las que tienen que sufrir y
disfrutar. Porque esto es la vida y
esta...es su vida.
Me estoy dando cuenta también, de que cuanto más aprendo a
quererme, mejor es la situación en casa. Cuanto menos importancia doy a la
enfermedad, a los miedos que esta trae, mejor es la salud de mis hijas. Cuanta
más aceptación y sinceridad hay en nosotros, mejor es la convivencia y menores
los engaños.
Hablar desde el corazón, sin juzgar, entendiendo los
sentimientos y puntos de vista de cada uno. Cada miembro de la familia tiene su
identidad, su personalidad, sus ideales... Y el respeto es la base del
entendimiento.
Nuestro papel de padres que solucionan todas sus necesidades
termino. Ahora estoy ahí, y ellas lo saben, pero sin que se note mucho. Porque
es su momento, porque es su vida y porque tienen que hacer su camino.
