miércoles, 15 de abril de 2015

DESCUBRIÉNDONOS

Poco a poco ella comenzó a cambiar.
Ya no era la niña alegre, cariñosa, con un punto de locura.
Permanecía horas, días, sin hablar. Hecha un ovillo en el sillón. Y de pronto, nos dimos cuenta que eran dos los sillones ocupados... Y la enfermedad empezó a llenarlo todo.

Hacía tiempo que sentía que algo no iba bien, presentía lo que estaba pasando. Pero fui cobarde y justifique comportamientos injustificados... Era más fácil permanecer en mi engaño.

Nunca  olvidare la cara de mi hija, cuando casi sin poder hablar, me contó por lo que estaba pasando...Y llegaron los médicos, las rutinas, las dietas. Y por nuestra parte los  miedos, las culpas, los sentimientos de fracaso. 

Había que poner solución al problema...y llenamos sus cabezas de palabras, proyectos,  soluciones, nos convertimos de nuevo es sus salvadores. Todo  ello acompañado de miradas, miedos, angustias...que pretendíamos disfrazar pero que llegaban a ellas y no hacían más que aumentar la tensión. De nuevo un papel protector, donde todo se soluciona, donde  no tenía cabida el sufrimiento.
Cuantos errores que afianzaban más y más  la enfermedad.

Y empezamos las reuniones de padres. Cada jueves llegábamos a casa con un cargamento de experiencias, aprendizajes, y sobre todo esperanzas...y también, porque no, con algún pinchazo en el corazón que luego nos hacía ver la luz.

Y nos dimos cuenta que hay que vivir el ahora, sin inquietudes ni prisas. Dando tiempo al tiempo, sin metas ni tiempos marcados.

Mi papel de madre entregada no servía...

 Aprendí a vivir mi vida y dejar que ellas vivieran la suya. No podía buscar mi felicidad en su felicidad. Ellas son  las que tienen que decidir, las que tienen que equivocarse y triunfar, las que tienen que sufrir y disfrutar.  Porque esto es la vida y esta...es su vida.

Me estoy dando cuenta también, de que cuanto más aprendo a quererme, mejor es la situación en casa. Cuanto menos importancia doy a la enfermedad, a los miedos que esta trae, mejor es la salud de mis hijas. Cuanta más aceptación y sinceridad hay en nosotros, mejor es la convivencia y menores los engaños. 

Hablar desde el corazón, sin juzgar, entendiendo los sentimientos y puntos de vista de cada uno. Cada miembro de la familia tiene su identidad, su personalidad, sus ideales... Y el respeto es la base del entendimiento. 

Nuestro papel de padres que solucionan todas sus necesidades termino. Ahora estoy ahí, y ellas lo saben, pero sin que se note mucho. Porque es su momento, porque es su vida y porque tienen que hacer su camino.