martes, 24 de marzo de 2015

Carta al amor propio: Yo soy yo. Tú eres tú.

Yo soy Yo.
Tú eres Tú.
Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas
Tú no estás en este mundo para cumplir las mías.
Tú eres Tú.
Yo soy Yo.
Falto de amor a Mí mismo
cuando en el intento de complacerte me traiciono.
Falto de amor a Ti
cuando intento que seas como yo quiero
en vez de aceptarte como realmente eres.
Tú eres Tú y Yo soy Yo.
Esta palabras fueron escritas por Fritz Perls, un gran neuropsiquiatra psicoanalista que, junto con su esposa Lore Posner, se esforzó por explicarnos de forma simple cómo creamos nuestro mundo. Juntos procuraron que entendiésemos que queriendo complacer a los demás nos convertimos en nuestros propios verdugos y que valorar como verdadera nuestra propia realidad es el primer paso para comprendernos y seguir avanzando.
Lo cierto es que las mentiras que más daño nos hacen no son tanto las que decimos como las que vivimos. Hay momentos en nuestra vida que podemos caer en el error de vivir en una realidad falsa que a veces incluso nos podemos llegar a creer.
Vivir encerrado en la jaula que uno mismo crea significa creer en unos valores promulgar otros, mostrarnos fuertes  y no estarlo, sentir miedo y disimularlo, mostrar interés y no tenerlo y un sinfín de posibilidades… 

¿Por qué es tan común el autoengaño y la falta de autenticidad?   

En realidad todo esto está muy relacionado con la forma en la que nuestros padres y la sociedad nos han venido educando desde pequeños. Desde nuestro nacimiento nos han adoctrinado para reprimir nuestros sentimientos y emociones, evitar expresar lo que es real y lo que sentimos de verdad.
Hemos creado un exterior que no se parece en absoluto al interior que en realidad vivenciamos. Frecuentemente ocurre que nuestros ideales no son por los que luchamos y que nuestras ideas, nuestro miedo y nuestros objetivos no se corresponden con lo que en realidad manifestamos…
Todo esto repercute de forma muy negativa en nuestro desarrollo vital y acaba fomentando que nos pongamos la máscara que llevamos fabricando desde la más tierna infancia. A nivel general nuestros padres y profesores nos invitaban a rechazar emociones como la ira, el miedo o el dolor, lo que nos ha llevado a ocultarlos.
Por esta razón creemos que podemos llegar a ser indiferentes a estas emociones cuando en realidad eso no es así. El miedo, el dolor o el enfado siempre están ahí y significan gran parte de nuestra experiencia vital. Sin embargo, tendemos a mostrarnos fuertes y reprimir emocionalmente la frustración y la manifestación del dolor.
Mantener nuestra autoestima bien alta y mostrar cómo somos en verdad supone no gustar a todo el mundo pero nos va a ofrecer relaciones verdaderas, puras, abiertas, sinceras e independientes.

Aceptarnos y comprometernos con quienes somos en realidad hará que consigamos no tener miedo de lo que queremos y de quienes somos y poder expresarlo a quien quiera escucharnos, aunque despertemos la envidia de quienes no se han atrevido a unificar su verdad interior con su verdad exterior.